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Wednesday 22 de July de 2026
Futbol e ilusiones

Actualizado: 2026-07-02

Futbol e ilusiones


Por: Efraín Quiñonez León


miércoles, 1 de julio de 2026


Tiro Libre


Urgidos de buenas noticias los mexicanos nos refugiamos en el deporte que más insatisfacciones nos ha dado. El futbol tiene esa magia que a pesar de los castigos anímicos nos coloca siempre en nuestra condición guerrera y ser partícipes de nuestro carácter gregario que se traduce en fiesta, pese a los infortunios y sempiternos malos resultados. El desempeño mostrado hasta ahora por el equipo nacional contribuye a relajar las tensiones de nuestras diferencias cotidianas y las malas noticias que les acompañan. Sin embargo, a pesar de que comparto el entusiasmo por los triunfos de la escuadra nacional, me inquietan un par de cosas que, por el momento, solamente dejo apuntadas. La FIFA no es un templo de la caridad sino todo lo contrario. El papel de su dirigente ha sido vergonzante y hasta puede traducirse en agravio por su talante obsequioso con el presidente de los Estados Unidos. No olvidemos que el organismo que controla el juego a nivel internacional viene de una crisis interna producto de prácticas ilegales investigadas y denunciadas por el FBI. El otro aspecto que me intriga tiene que ver con el desborde de las pasiones por los triunfos de la selección, no tanto por los ánimos que lo producen, sino por los estímulos que lo alientan. ¿Quiénes se benefician de semejante crápula colectiva? A menudo la euforia futbolera tiende a eclipsar el pensamiento. No está mal disfrutar estos espacios de alegría y convivialidad colectiva; lo que está mal son los excesos y los despropósitos que se cometen. Trataré de volver sobre estos temas en próximas colaboraciones porque, sin lugar a dudas, son elementos que contaminan el entorno.


Debo decir que, previo al partido con Ecuador, mis expectativas lindaban el terreno de la incredulidad. Después de muchos años de sufrir los partidos, “me he vuelto más sensible”, como dijo el vasco Aguirre, y prefiero evitar el desgaste emocional que me significa apoyar a la selección nacional. ¿Eso significa que deseo le vaya mal? En modo alguno y celebro que haya ganado por meritos propios todos sus partidos aunque, con sinceridad, prefiero mil veces ver jugar a la selección como lo hizo con el equipo sudamericano.


Hace unos meses pregunté a mi asesor en temas futbolísticos cómo observaba a la selección y con la sobriedad de su lenguaje que me tiene acostumbrado, pintó una editorial brutalmente preocupante: mal. Y agregó con una exageración casi admonitoria: con este equipo no vamos a ninguna parte. Menos mal que el esfuerzo mostrado por la escuadra mexicana ha venido de menos a más.


Más meritorio resulta el triunfo ante Ecuador si tomamos en cuenta que este equipo venía de ganar nada menos que Alemania, una escuadra que siempre ha sido protagonista en los mundiales y ha sido campeona del mundo en 4 ocasiones; de modo que resulta una de las escuadras más consistentes en este tipo de competencia.


Admitiendo que los triunfos de la selección mexicana son dignos de reconocerse, aún cuando nos haya gustado o no la manera en que alcanzó esos logros momentáneos, lo cierto es que hay diferencias entre los primeros partidos y el celebrado el día de ayer frente a Ecuador. Se puede afirmar que los tres primeros encuentros fueron aceptables en función de los triunfos obtenidos, pero el desempeño del equipo en su conjunto no alcanzaba a convencernos. La diferencia fue el cuarto partido donde se vio una mejoría sustantiva, como si todos los jugadores estuviese conectados en una misma idea del juego y en el papel que cada quien tenía que cumplir para el objetivo principalmente de ganar, pero manteniendo un estilo en la propuesta futbolística. En ese sentido, nuestro futbol tiene la picardía, la osadía (hay que recordar cómo el Tala Rangel nos puso los pelos de punta cuando, con exceso de confianza, casi regala un tiro de esquina) y la alegría que nos caracteriza. Los jugadores no solamente se veían seguros sino hasta contentos y con esfuerzos dignos de un maratonista etíope, se desplazaban por toda la cancha defendiendo y atacando, como si en cada lance o en cada “pique” sintieran una suerte de persecución maternal chancla en mano. Y los aficionados premiaron sus denodados esfuerzos. El vasco Aguirre, con la sinceridad que raya en el autocastigo, ha reconocido que la entrega del equipo mexicano fue recompensada con el estruendoso apoyo de nuestros malhablados y estridentes compatriotas, “aunque nos llevamos una rechifla en los partidos previos porque no jugamos tan bien como ahora”.


Hoy lo sabemos, el partido quedó prácticamente liquidado desde el primer tiempo cuando, Julián Quiñones, adelantó al equipo mexicano y, minutos después, Raúl Jiménez, a pase de Quiñones, sellaba el 2 a 0 que, finalmente, se mantendría durante el resto de la contienda. No hablaré mucho más de Quiñones por la homonimia que identifica al escribano con el más generoso y auténtico gladiador del equipo mexicano; cuando lo único que nos acerca es su decisión de defender por voluntad propia los colores de la patria. Ahora que están muy de moda las controversias entre fieles y traidores, la decisión de Quiñones de pertenecer a la tribu de los mexicanos hace volar en mil pedazos la vanidad de quienes esgrimen códigos binarios entre fieles y traidores; patriotas o antipatriotas; los propio como excelso y lo externo como malo. Nada hay más dañino para la humanidad que el engreimiento basado en nuestras pequeñas diferencias de piel, lengua, colores o insignias.


Sin embargo, conviene recordar lo que el propio vasco Aguirre dijo al respecto de Quiñones: “es el jugar más potente que tenemos”. Y no se necesita se un experto en la materia como para darse cuenta de la velocidad con la que se desplaza este jugador. Además de ello, es muy importante mencionar que, con la aceleración que alcanza en pocos segundos, se requiere de una técnica depurada para conducir el balón a semejante velocidad. Fue precisamente su técnica individual y la rapidez con la que encara la meta contraria, lo que permitió sorprender a los ecuatorianos cuando anotó el primer gol para el equipo mexicano.


La presión ejercida por el colectivo nacional alcanzó su plenitud poco después de los 20 minutos de la contienda. En un pase filtrado para Quiñones al minuto 22 se consiguió el primer tanto. Seis minutos después, Raúl Jiménez, tuvo su oportunidad con un remate de cabeza que salió desviado. Pasados los 30 minutos, de nuevo es Quiñones quien desequilibra a la defensa y le da un pase a Jiménez para el segundo gol.


Línea por línea, todos jugaron al tope, aunque lo más destacado fue la coordinación que alcanzaron tanto para ofender, como para defender y recuperar la pelota. En la defensiva, el Tala Rangel es muy importante porque teniendo un guardameta confiable todo el cuadro defensivo se desplaza con seguridad. En la misma línea de la seguridad defensiva, los dos centrales mexicanos (Montes y Vázquez) hicieron una dupla muy eficaz en el juego aéreo y en las coberturas a sus laterales (Sánchez y Gallardo) que, por cierto, se agregan muy bien al ataque.


En el medio campo lo más destacado fue la sincronía alcanzada por los tres jugadores: Lira, Romo y Mora. Aunque todos ellos se desplazaron por toda la cancha defendiendo y creando opciones de gol, un desempeño muy destacado fue el de Gilberto Mora. Quizás no habíamos tenido un jugador tan creativo como él y resulta admirable la capacidad no solamente para filtrar pases con una exactitud milimétrica sino que, también, comprende muy bien su papel y sobre esa partitura construye las oportunidades de vulnerar la meta contraria.


Los cambios del equipo mexicano no aprecié que sirvieran de mucho, salvo la mejor jugada que llevó a cabo, Santi Jiménez, que descolocó al jugador ecuatoriano, Piero Hincapié, que, por andar de lengua suelta, vio con desenfado el cartón carmín del colegiado después de consultar el VAR.


Pero Ecuador fue un digno adversario. Lucharon siempre hasta el último de sus esfuerzos, aunque el daño estaba hecho desde que en la primera mitad del encuentro el equipo nacional había horadado en dos ocasione la meta contraria. Si el primer tiempo estuvieron ocupados sobre todo en defenderse de las embestidas del equipo mexicano, el segundo tiempo fue casi completamente de ellos y tuvieron sus propias oportunidades, pero las buenas y oportunas intervenciones defensivas frustraron sus deseos de trascendencia. Como dijo el vasco: “nos echaron atrás y eso no me gusta”. Es verdad y ahí radica uno de los principales defectos del equipo mexicano. ¿Por qué razón? Al echarse para atrás prácticamente se le regala la iniciativa del juego al contrario y esperar un golpe de suerte en el contragolpe. En el momento en que esto ocurrió fue algo temerario y, en parte, obligado por la presión que ejercieron los ecuatorianos. El problema es que a esas alturas del partido los jugadores estaban fundidos, puesto que ya no alcanzaban las velocidades que inicialmente les permitió abrir el marcador.


Es verdad que dije respecto al equipo mexicano que no auguraba nada bueno, siguiendo las pautas que me enseñaba mi asesor en el arte de las patadas. Me atreví incluso a afirmar que mi equipo era uno africano llamado, Cabo Verde, cuyo desempeño ha sido sobresaliente en la justa mundialista. La verdad sea dicha, y me adelanto a las descalificaciones de traidor a la patria y cosas de esa naturaleza que desacreditan a quienes opinan distinto, solamente trataba de evitar las dolorosas frustraciones que he cargado durante años en que el seleccionado nacional jugaba espectacularmente, pero perdía como siempre. Todavía recuerdo las desmesuradas e insólitas visiones sobre el equipo mexicano mientras participaba en el mundial de Argentina en 1978, que haríamos pomada a los tunecinos y polacos; mientras que, con Alemania, empataríamos o saldríamos derrotados por la mínima diferencia. Al final, recibimos 12 goles en tres partidos, de los cuales el 50% nos los clavó el equipo germano.


A pesar de todo hay que reconocer que tuvimos un digno contrincante que nos exigió más que en los partidos previos. Con todo, el equipo mexicano funcionó bastante bien, se mostraron sus calidades y carencias; pero sobre todo hizo evidente que existe espíritu de lucha y un funcionamiento colectivo aceptable. Pero, quizás lo mejor fue el estado de comunión que alcanzaron a motivar entre aquellos que esperan brillar con la luz de una ilusión renovada coronada con el triunfo. Con sinceridad, no creo que alguien medianamente sensato considere que seremos campeones, pero al menos podemos albergar un desempeño algo más que aceptable si el equipo mexicano continúa por el sendero que abrió ante los ecuatorianos. ¿Será esto posible? Lo sabremos en los próximos días.


Al momento de terminar esta colaboración no se sabía quién sería el siguiente contrincante de la selección mexicana. Como todo mundo sabe ahora es la selección inglesa; nada más y nada menos que el país que inventó el futbol; con una de las ligas más competitivas del mundo. Sin embargo, el equipo mexicano tiene argumentos futbolísticos para enfrentar dignamente a los ingleses.

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