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Wednesday 05 de August de 2026
Una comida espectacular o cómo estafar alimentando la vanidad

Actualizado: 2026-08-04

Una comida espectacular o cómo estafar alimentando la vanidad 


 


Por: Efraín  Quiñonez León


martes, 4 de agosto de 2026


 


Tiro Libre


Aborrezco las degustaciones porque siempre me han parecido una coartada para la estafa y no solamente por lo miserable de las porciones sino, además, por una consideración implícita de que los comensales potenciales son groseramente ignorantes. Es verdad que existen restaurantes de todos los tipos y para todos los gustos, pero el modelo de establecimientos de comida que prometen sabores irresistibles al paladar; me temo que deben verse con cierto recelo y distancia para equilibrar los juicios entre lo que ofrecen, cómo lo presentan, los costos y qué es lo que se está dispuesto a sacrificar por el buen comer.


Como bien sabe la demoledora (aunque ciertamente, debo decir, tolera con medida mis excentricidades o indiferencia por la comida), no le doy tanta importancia a los alimentos, lo cual no significa que deje de apreciar un buen guisado; que quienes como ella hacen de la confección de viandas un arte, lo reconozco porque suelen tener no solamente las habilidades y conocimientos para mezclar sabores, garantizando que el resultado no solamente sea espectacular sino, también, un gusto especial por todo lo que ello significa en términos de nuestra condición gregaria; de comer como un buen pretexto para el convivir.


Aunque se impacienta con semejante aprendiz que resulta la anarquía más auténtica, no pierde la ecuanimidad, mucho menos su propensión didáctica cuando se trata de hacer realidad su magisterio, que implica la mezcla adecuada de sustancias seductoras al gusto más exigente. Pero mientras ella hace énfasis en las proporciones, me concentro en sus manos al tomar las verduras, sus gestos, el tono de su voz y sus desplazamientos por el compacto espacio donde elabora platillos con los elementos disponibles. Su disposición de ingredientes no es una alquimia cualquiera, supone una dosis precisa de sal, vinagre o especias. No desdeña el momento como para instruirme, la manera correcta en que debe tomarse un cuchillo para trozar finamente el cilantro o filetear una cebolla. Después, hay que desflemarla, me dice. Como mi ignorancia resulta más que evidente coloca los brazos como jarrito de Tlaquepaque, “es para que se le quite el sabor picoso”.


Todo eso lo valoro, cabe insistir, pero otros impulsos me avasallan que no puedo asegurar que el resultado será digno al paladar sino todo lo contrario. Mientras cocino (hasta me sonrojo utilizando el término) literalmente vuelo mentalmente por otros territorios y deposito escasa atención en las fórmulas que me avalarían como un auténtico chef internacional por la elaboración de las "gorditas" más famosas o los mejores frijoles refritos del planeta. De modo que mi atención en los alimentos cumple el estricto papel de ser el combustible para estimular las ideas, que escasamente me detengo a pensar en la composición adecuada de sus elementos cuya mezcla produzca los efectos esperados de satisfacción al paladar.


Cuando los programas televisivos compiten por proveernos de entretenimiento a partir de la importancia de los alimentos, materializan el catecismo culinario mediante programas de concurso irresistibles. Alimentando nuestros deseos de éxito, se diseñan modelos audiovisuales en que la comida se convierte en un pre-texto. Una buena vianda ya no es simplemente un momento de estar juntos y apreciar sabores; sino una forma de certificarnos para contemporizar acerca de las habilidades y conocimientos que debemos poseer o adquirir. Es algo que se adhiere a lo políticamente correcto, como parte del curriculum de habilidades que no todos podemos incorporar a nuestro catálogo de aptitudes, lo que convierte nuestras destrezas culinarias en un símbolo de distinción y reconocimiento.


Y todo esto ocurre cuando nuestras experiencias como potenciales comensales se diversifican y, al mismo tiempo, se masifican a través de los negocios de comida rápida para una vida consuetudinaria marcada por la prisas. Por lo tanto, existen al mismo tiempo una universalización de los gustos y sabores, que convive con una estratificación mediada por los recursos que, a su vez, el efecto masificador nos coloca en las fauces de las industrias globales de la alimentación. Permanecemos atrapados entre el carácter irrenunciable de una industria de los alimentos que trata de seducirnos a través de la publicidad y los espacios de liberación-resistencia que nos permiten algún tipo de singularización de nuestros gustos más íntimos.


Poco antes de ingresar al periodo vacacional me concentraba en lecturas apasionantes sobre la inteligencia artificial, olvidándome de ingerir alimentos hasta que la propia naturaleza tocó a mi puerta. Como no pretendía preparar mis sofisticados platillos consistentes en hierbas, embutidos y cualquier otra aberración culinaria, decidí que era el momento de explorar en alguno de esos lugares a 5 kilómetros a la redonda de mi residencia, en los que sirven algunos platillos que se apartan un poco de lo común. Sin rumbo fijo, dejé que la inercia me condujera por los caminos insospechados del misterio tratando de que la sorpresa llenara mi vida de satisfacciones no solamente estomacales sino, mejor aún, espirituales.


Mi brújula se concentró en un punto de la geografía local cuyas invocaciones gastronómicas habían resultado placenteras en no más de dos incursiones previas. En los alrededores de Coatepec existe un lugar para comer que se promociona como cocina francesa. Aunque la mayoría de los platillos no los he probado, los que he consumido han resultado ser buenos en términos de sabor, presentación y precio. No obstante, en la última ocasión en la que estuve ocurrieron algunas situaciones que solamente después de conversar con la demoledora pude externar mis frustraciones. Traté de contarle con lujo de detalle, pero desde mis primeras frases se percató de mis incomodidades y no pudo evitar sonreír casi hasta las lágrimas por mi aflicción. ¿Cómo puedes reírte si me siento abatido y maltratado? Pero era imposible hacerle ver mi estado de agobio, pues cada episodio sumando al relato abonaba todavía más a la comicidad que ella veía en mi tragicomedia.


Resulta que había llegado al restaurante y la extrema amabilidad hasta me puso incómodo. El exceso de amabilidad siempre me inquieta y me pone nervioso, pienso que (sobre todo en situaciones harto utilitarias) la palabrería termina por arruinar los bocadillos. Pero la sensatez no estaba invitada, de modo que no pude advertir que semejante belleza no podía ser real. Buenas tardes, me dice una simpática chica. Hola, buenas tardes, contesto. Y agrego: quiero comer. Ah!! Bueno, mire, hoy por ser día del padre no tenemos servicio a la carta sino un bufet. Ah!! En ese caso tendré la oportunidad de festejarme con ustedes, mencioné en un tono poco convincente ya que ni siquiera mis hijos tenían idea porque en todo el día me habían ignorado por completo.


Omito más detalles para no hacer demasiado largo y tedioso este episodio. Pero conviene decir que, aunque los alimentos estaban bien preparados, no resultaban nada extraordinario: había verduras, pollo en una salsa blanca, algo de carne molida en quién sabe que y alguna que otra cosa, y, por supuesto, el postre.


Desde hace unos años cambié mi régimen alimenticio; lo cual no quiere decir que me restrinja de no comer otra cosa que no sea vegetales como las vacas. No, no, no. Como de todo, pero limito mis porciones y suspendo la comida una vez que estoy satisfecho. Por lo tanto, me he acostumbrado a raciones -digamos- pequeñas.


Solamente comí pollo, algo de verduras, todo acompañado con un vaso de agua marina sin escarchar. Tomé un muslo y resultó tan minúsculo que cada hebra imaginariamente la multiplicaba por diez a fin de satisfacer mi apetito. Al final, pedí un café espresso y casi al mismo tiempo solicité la cuenta. Pero el diablo me esperaba sonriente con la factura ardiente. Cuando vi la unidad y la cantidad de ceros que le acompañaban pasé del placer al estupor. Externé un carraspeo con algo de disimulo y luego, de manera muy sonriente, depositar cada uno de los billetes requeridos y añadiendo la propina reglamentaria.


Hace unos días, volví a experimentar el néctar amargo de una degustación en algún lugar algo lejano. Los integrantes de la tribu éramos: la Demoledora, Magaru, el H y el narrador. El lugar es agradable, casi se puede decir que acogedor, pero adornar de tal modo las cosas me producen el efecto contrario a un estado de confort, como hipotéticamente pretenden los prestadores de servicios. En otras ocasiones he llegado a sentir no solamente inquietud sino hasta discriminación.


Si no fuera porque el ambiente está sobrecargado de rasgos de exclusividad, fácilmente podríamos viajar en el tiempo a las culturas antiguas por los elementos dispuestos para las más exóticas muestras gastronómicas. Solamente faltaron las sonajas y pitos prehispánicos para hacernos creer que compartiríamos los alimentos con Kukulcán; al tiempo en que nos atendieran personas con taparrabos, con conchas en los tobillos y cada embestida estuviese precedida de una danza indígena.


Como la Demoledora ya había puesto en antecedentes al resto de los comensales sobre mis infortunios con los festejos del día de padre y un escuálido pollo como menú, ahora era yo quien formaba parte de la carta por mi admiración candorosa, casi infantil frente a las atenciones ignorando lo que el demonio nos preparaba al final del aquelarre alimenticio.


Debo decir que los alimentos estaban sabrosos, en general, y tan bien adornados estéticamente que resultaba algo grosero siquiera tocarlos, ya no digamos comérselos. Como todos los platillos tenían un toque étnico, acompañados de una retórica para entronizar nuestros orígenes indígenas, casi se advertía su condición vegana porque se trataba principalmente de hierbas y verduras. En verdad, estábamos extasiados, aunque mis compañeros de mesa presagiaban de antemano el terrible desenlace que yo ignoraba casi por completo.


Más allá de los sabores y las mezclas, lo que me inquieta siempre en este tipo de lugares son lo miserable de las porciones. Desde luego, no trato de decir que deban proveerte de viandas para alimentar a un regimiento, pero sí podrían ser algo más generosas para no sentirse tan penosamente fastidiado al momento de retirarse y pagar las facturas.


Esta vez no pude siquiera toser, sino que tuve que contener las infinitas ganas de trasladarme de manera ipso facta al sanitario. Nuestras cuentas individuales sumaban casi una decena y una tercia de ceros que incluía una generosa gratificación por el servicio. Ante mi azoro, que casi hacía saltar mis ojos de sus cuencas, volví la mirada hacia la Demoledora y su gesto monacal me tranquilizó. Cual no sería mi impresión que, con generosidad, me dijo: yo pongo lo nuestro. Después, en la intimidad, me confesó: no quisimos echarte a perder el momento, gracias a que el H nos insistió en dejarte disfrutar los alimentos cargados de una retórica falsamente ancestral para sorprender a incautos.


A propósito, veré si acaso algo digno queda en el refrigerador para preparar unos aguacates rellenos de charales o unas tostadas tatemadas con salsa para coronar nuestras excentricidades étnicas hoy tan bien comercializadas, no obstante que los indígenas siguen siendo los más pobres del país mientras sus conocimientos se tasan en oro para aquellos que pueden pagarlo.

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