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Sábado 06 de junio de 2026
Empoderamiento: la retórica imperfecta

Actualizado: 2026-06-01

Empoderamiento: la retórica imperfecta


Por: Efraín Quiñonez León


lunes, 1 de junio de 2026


Tiro Libre


La ciudad es el teatro en que nos representamos todos. Sin embargo, hoy en día transitamos del hemiciclo urbano a la instantaneidad del éxito alcanzado a través de las redes sociales. “Si te gustó el video, regálame un like”, resulta el estandarte para estar a tono y en la impostura que impune-mente nos ofrecen las redes sociales. En la hoguera de las vanidades todos somos susceptibles de ser devorados por el fuego intenso de la perpetuidad que se calcina en segundos. Unos breves momentos de gloria son suficientes para navegar en la incomodidad del simulacro social que nos exige propiedad y corrección, cuando todo parece caminar en sentido contrario. Pruebas de ello abundan como átomos de oxígeno existen. Un diputado, por ejemplo, puede convertir el recinto de los parlamentarios por antonomasia en un ring de box y todos parecemos celebrar el circo. Bueno, no es un absoluto. Como dijo Saviano, los valientes están solos, pero todavía existe el arrojo como virtud frente al páramo y la fría soledad cotidiana en que expiramos la mayoría.


Pero conducirnos de la manera más adecuada y en sintonía con las viscisitudes que nos acompañan a diario, no siempre nos coloca del lado correcto según nuestros interlocutores. No existe un ma-nual de uso para una sociedad en cambio y eso nos ofrece condiciones inmejorables para lo insólito, cuando las distancias y el anonimato contribuyen a los desafíos más audaces.


Por las tardes, después de extenuantes jornadas de trabajo (Andy, dixit) el ciudadano común puede transitar por el barullo citadino buscando un lugar en la selva de concreto donde todos nos apretu-jamos. Entre calles, callejones y avenidas, solemos darnos cita para el encuentro con lo extraño e incluso hasta perturbador. En una ciudad de provincia podemos transitar en la esquizofrenia de admirar las transformaciones de la arquitectura, extasiado por la belleza de palacios y edificios de singular manufactura, a la destrucción inmisericorde para favorecer los flujos, los trayectos, cada vez más rápidos, aunque en el esfuerzo debemos pagar un alto costo en pérdidas materiales y humanas.


Aún cuando nuestra experiencia citadina presupone un distanciamiento de la rusticidad de nuestros comportamientos, la verdad es que esto solamente es propio de una suerte de fantasía lunática que la realidad misma, una y otra vez, tiende a desmentir. Algunos testimonios pueden servir eventual-mente como prototipos explicativos de nuestras desventuras cotidianas.


Una joven mujer de alrededor de 30 años camina sin preocupación aparente por una de las calles del caos urbano. En una de las céntricas y empinadas rúas ocurre que no solamente estamos satu-rados de vehículos sino hasta de transeúntes que las banquetas, de por sí angostas, no nos permiten caminar con la tranquilidad, seguridad y eficiencia que debiéramos esperar.


Pero los imponderables físicos de la ciudad conservan un imperativo conductual que suponemos debe ser apropiado. Esa mujer que, por antigüedad, ya tiene inoculada las vitaminas propias del criterio basado en el empoderamiento femenino, suele invocar una corrección que resulta a todas luces impropia y diametralmente contraria a todo ese proceso de autonomización y de crítica, en buena hora, a las prácticas machistas. Bajo su trastornada lógica, las mujeres deben caminar siem-pre del lado de los muros de las casas y/o edificios, mientras que sus contrapartes masculinos lo hacen en la frontera del arroyo vehícular, es decir, antes de las guarniciones. Uno podría decir que esta es la prueba inequívoca de que nuestro romanticismo goza de cabal salud si, además, es de-mandado por quienes deberían apartarse de semejantes prácticas del oprobio.


No hay cosa más desesperanzadora que tener que soportar semejantes exabruptos machistas de quienes deberían oponerse con el fin de armonizar nuestras relaciones en forma equitativa. Sacar ventaja de este tipo de prácticas es una coartada que entroniza lo que la retórica descalifica.


Todavía existen muchas expresiones en que el machismo (femenino, masculino y de todo tipo) suele materializarse. Es verdad que hemos avanzado, pero todavía se conservan muchas formas en que la arbitrariedad y las desigualdades resultan comunes. Una de ellas son los sindicatos, por ejemplo. Tradicionalmente, han sido espacios masculinos. Contra todo pronóstico, la reforma la-boral del expresidente López Obrador intentó varios cambios que podrían calificarse de positivos para la democratizaciones de estas organizaciones. En efecto, se contempla en la ley que toda representación debe ser equilibrada en función del género. Pero en México tenemos prácticamente reglamentado todo para que no funcione bajo esos supuestos, que si hubiese un concurso mundial al respecto, esto nos daría más satisfacciones que el futbol. México funciona no por las normas escritas sino por algo todavía más poderoso: los (des)arreglos circunstanciales para inhibir con-flictos, esperando resolver las discrepancias por la vía de la (eterna) negociación.


Es verdad, por otra parte, que hemos contado con liderazgos sindicales inspirados por mujeres, pero muy a nuestro pesar ni han sido democráticos, menos aún fueron consecuentes con políticas de equidad. No obstante ello, se ha avanzado en algunos derechos, particularmente en salud repro-ductiva y el aborto, pero hace falta mucho más. Quizás los peores atavismos los veamos en las organizaciones sindicales de las universidades donde, a pesar del mayor número de mujeres que venturosamente se han incorporado a ellas, estos gremios casi siguen siendo conducidos por hom-bres y cuando se conmina ser consecuentes con las leyes laborales vigentes en términos de equidad, las primeras en protestar son precisamente las mujeres. Una auténtica y mayúscula vergüenza.


Con frecuencia podemos caer en contradicciones. Una mujer de prosapia feminista puede sentirse satisfecha frente a las otras u otros (al final, da lo mismo; la supuesta sororidad es una sopa que se disfruta fría y a solas) aduciendo que, mientras dialoga como una dama, exhibe que tiene la mecha corta y lo peor es que, semejante símbolo machista, no le causa rubor alguno, pues colma su vani-dad de poder. La plegaria no solamente resulta perturbadora sino hasta inconsecuente.


La primera mujer presidenta de este malogrado país gobierna en situaciones adversas y paradójicas. Con frecuencia se alude que, con su presidencia, llegaron todas, pero es precisamente un segmento de ellas que le recuerda que eso no es verdad o, probablemente, se trata de una visión parcialmente cierta. Las madres buscadoras, por ejemplo, no han sido en su mayoría convocadas por la repre-sentante del poder ejecutivo nacional. Los resutados alentadores en materia de seguridad despier-tan poco entusiasmo porque las extorsiones y los homicidios no cesan y, peor aún, las redes de protección política parece que no serán tocadas. Es una tremenda ironía de la vida que sea el frente externo el que nos coloque entre opciones indeseables porque lo que no hicimos a tiempo. En este sentido, la presidenta es víctima del pasado reciente y remoto. Pero, por lo que se ve, no está dispuesta a comprometer su capital político en contra de quienes desde el propio régimen que la llevó al poder la encumbraron y hoy comprometen la viabilidad de su gobierno. La encrucijada es actuar o no hacerlo, con el riesgo de retrasar los cambios y aceptar el desafío de la desesperanza que se convierta en el retorno de lo más extravagante.


Pero no todo está perdido, una orgullosa y empoderada femenina (tomo a préstamos el típico len-guaje judicial) puede lucir su profusa cabellera axilar como símbolo de autonomía y discrepancia en un entorno que impone sobre el cuerpo de mujer los estándares de la pulcritud y el aseo personal. El machismo, como el hembrismo, son las dos caras de la misma moneda. Quizás sea por esas razones que Butler ha dejado en pausa sus batallas desde las trincheras del género, porque com-prende que resulta una reduccionismo binario que no da cuenta de las complejas relaciones en la construcción simbólica de nuestros modos de ser.

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