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Actualizado: 2026-02-09

 


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Por: Efraín Quiñonez León


lunes, 9 de febrero de 2026


Para Lucía (1946-2026), siempre afable y de sonrisa espontánea


Tiro Libre


Esta vez no me recibió como es su costumbre, aunque tampoco tuvimos mucho tiempo para conversar. No hacía mucho que nos habíamos encontrado después de alguna distancia circunstancial. Me hackearon el teléfono, me dijo. Y hoy en día las comunicaciones dependen mucho de los aparatos que nos facilitan su acceso o la posibilidad de dialogar, concertar una cita o simplemente platicar con alguien que nos resulta familiar.


No te reconocí, le dije. Traes de una manera recogido el cabello que tu rostro cambia un poco. Además, el carmín con que adorna sus labios y las uñas de sus manos estaban ausentes. Quizás por esas razones se ve diferente y no es que sea irreconocible, simplemente se notan los cambios y uno se sorprende de no encontrar las señales habituales del entorno y sus personajes.


Aunque estaba acompañada, cada quien parecía estar absorto en sus propias cosas. Cuando me percato que es ella, inmediatamente volteo para saludarla y me acerco a su mesa. Saludo a ambos y me retiro. El lugar en que nos encontramos accidentalmente es una de las cafeterías donde suelo disfrutar mucho saboreando mi café espresso. He dejado de asistir al lugar porque mis horarios de trabajo no me lo permiten, de modo que dejo los fines de semana para ello. Pero esta vez, pasé simplemente por un espresso para llevar y fue grato encontrarnos.


Precisamente porque habían ingresado de manera subrepticia en su teléfono es que ya no teníamos comunicación por ese medio, pero fue a través de Facebook que volvimos a intercambiar mensajes.


Mejor te paso mi nuevo número para hacer más fluida la conversación, me propuso. Ok, gracias, le respondí. Pero, a decir verdad, no habíamos cruzado palabra alguna hasta hace unas semanas.


Ya voy pa tu casa, le informé. Ok, aquí te espero, me respondió. No tardé mucho tiempo en llegar y enseguida el comité de recepción (un Rottweiler con cara de pocos amigos) empezó a ladrarme. En legítima defensa le sugerí que controlara a su fiera, “no quiero que me arranque una nalga”, como dijo Enrique Serna. Con una tranquilidad propia de un monje nepalí me comunica que ya había comido y que la carne humana no es una de sus predilectas. No te preocupes, sus ladridos es la expresión de bienvenida. Me dejó paralizado, pero de manera disimulada traté de ignorar al canino y aunque estaba a cierta distancia, siempre estuve alerta por si acaso sus instintos ignoraban toda orden de no atacarme.


La sofisticada me descoloca cada vez que suelta esas frases típicas de quien goza con la perplejidad o extrañeza. Como el canino que la protege, solamente con una ligera inhalación se percata del terror disimulado que porta su presa y sonríe indiferente para no levantar la más mínima sospecha de que, en sus adentros, maliciosamente disfruta esos momentos de contrariedad. Pero me tranquiliza porque su relación con los perros parece estar mediada por su talante entre afable y firme, pues con tan solo mover una ceja en cierta dirección el canino parece comprender muy bien su lenguaje, se prepara a dejar la escena para enroscarse y con las orejas erectas vigilar a cierta distancia por si sus servicios resultan indispensables para la acción intimidante o persecutoria.


Mi aversión a los perros no es producto de la literatura sino de las frecuentes mordidas que recibí de ellos durante mi infancia y juventud. Bueno, creo que exagero un poco. Mi relación con los caninos es como los matrimonios: amor y odio al mismo tiempo. Pero son animales con los que he podido convivir, digamos, civilizadamente. Con otro tipo de especies aun no logro llegar a la armonía necesaria para sostener ya no digamos relaciones sanas, sino medianamente cuerdas o sensatas. Al final, los animales no solamente nos ofrecen calidez sino que, también, nos protegen de los depredadores y alimañas que transitan por los lugares conocidos o de refugio.


Pero esta vez llegué y en esta ocasión no me recetó alguna recomendación literaria. La charla transcurrió de manera casual u ordinaria. Ninguna pretensión académica o cultural, sino una transacción en estricto sentido comercial que implicó el intercambio de dos tipos de queso-crema, alguna alusión al “mal tiempo” o cómo sazonar el pollo que en ese momento estaba cocinando.


Con la brevedad de nuestros intercambios comerciales, poco espacio tuvimos para platicar cosas tan irrelevantes como importantes con las que a menudo ignoramos el tiempo engarzando temas, anécdotas o situaciones chuscas, propias o extrañas.


En una ocasión me relató la historia de una persona que sufría problemas neuronales, pero eso no impedía que pudiera tener conversaciones perfectamente lógicas o cuerdas. Por insólito que pudiera pensarse, esa misma persona fue la que algún día me contó sus vivencias mientras viajaban por Europa. Eramos unos hippies, mi dijo. Nos desplazábamos de un lado a otro y eso tuvo la doble ventaja de conocer el viejo continente, al mismo tiempo en que nuestras hijas disfrutaban de semejantes paseos en la más absoluta precariedad. Cantábamos y pedíamos limosna; con eso nos sosteníamos. Pasado algún tiempo nos aburrimos de ese estilo de vida y decidimos volver. El (mi ex, dijo) es de una familia muy rica y ahora vive como hacendado. Por mi parte, disfruto a mis hijas mientras puedo tocarlas o permanecen por siempre en mis recuerdos, como cuando el otoño viene a recordarnos que la distancia no perdona el olvido.

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