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La trampa del discurso amoroso
Por: Efraín Quiñonez León
miércoles, 18 de febrero de 2026
Tiro Libre
Mis amigos que generosamente me leen y uno que otro amable lector de estas líneas, me han sugerido continuar por una senda de desafíos temáticos, pero esta vez voy decepcionarlos. Dejaré para otro momento sus recomendaciones para adentrarme en un tema que la mercadotecnia en estos días coloca en el ánimo colectivo a fin de estimular el comercio o alimentar nuestros insaciables deseos consumistas. Sin embargo, el tema de los afectos y/o las pasiones humanas son sin lugar a dudas algo que nos caracteriza a pesar de la inteligencia artificial y, a estas alturas, resulta digno de encomio que al menos en eso todavía podemos diferenciarnos. No son, desde luego, los únicos atributos de lo humano que nos diferencia, pero es uno que puede desatar una energía positiva equivalente a una bomba de neutrones.
Más allá de que somos parte de una cultura guadalupana y que, con algunos esfuerzos, se ha expandido su fervor gracias nuestros paisanos que han tenido que migrar a otras partes del globo, otra de nuestras debilidades tiene que ver con nuestra muy mexicana manera de expresar una debilidad incontenible por los deporte y, cuando se trata de futbol, de mantenerse al margen.
Estamos a punto de participar en la justa mundialista y un breve estímulo provocado en mi colaboración anterior confirma esa predisposición muy nacional que manifiesta nuestra locuacidad. Los comentarios recibidos me hacen pensar en la vitalidad que existe y las expectativas que se producen son las señales inequívocas que se ha venido calentando la plaza mientras se llega la hora del silbatazo inicial. Pero estas líneas no estarán dedicadas a eso. No al menos por el momento. Amenazo con regresar y rendir tributo a mis colaboradores involuntarios, pero con los que me siento profundamente agradecido por sus comentarios.
Otro tema relevante es el de la reforma laboral que en los próximos días será aprobada por la mayoría de los congresos estatales y, finalmente, publicada en el Diario Oficial, de manera que entrará en vigor antes de que finalice este año. Es verdad que no se trata de cualquier cosa, la reducción de la jornada laboral es una buena noticia, pero para aquellos que se encuentran en la formalidad, lo es menos para poco más del 50% de la fuerza laboral de este país que obtiene ingresos vía la economía informal. Más aún, somos un país con una buena cantidad de leyes que resulta admirable a escala global, pero es como la parodia de Margarito, es decir, un juego de ilusiones para alimentar nuestros deseos de que algún día seremos reconocidos (en el futbol o en los tribunales laborales). También, tiene que ver con el uso que pueda darle a esos beneficios o normas constitucionales los sujetos para -en teoría- los que están dirigidos; esto es, falta que los trabajadores puedan hacer efectiva dicha reforma. Mientras no se hagan reclamos invocándola será letra muerta, como la mayoría de los derechos inscritos en nuestra constitución. Está impecable, pero solamente se trata de una promesa que solamente se cumplirá en un futuro ¿cuan cercano o lejano? Eso depende precisamente de los trabajadores. No es menos importante, pero es precisamente este gobierno quien debería empezar a cambiar en esa línea, pues muchos de los trabajadores que incorpora lo hacen por contratos. Este gobierno es uno de los principales empleadores, pero lo hace bajo criterios más apegados a una suerte de informalidad laboral, que en virtud de asegurar derechos a los trabajadores del Estado.
Siendo estos temas muy relevantes, no hablaré de ellos por el momento. Lamento en esta ocasión decepcionarlos. No obstante, creo que lo abordado ahora aspiro que sea materia para continuar la conversación por otras vías.
Como el tiempo ahora se mide en milisegundos, no nos hemos acostumbrado aun a las más recientes innovaciones de las comunicaciones más modernas, cuando ya ha aparecido su reemplazo que, en ocasiones, no es mucho más diferente que la previa. Por eso ahora tenemos la sensación de que el tiempo transcurre a la velocidad en que el algoritmo a cachado nuestras debilidades en las más recientes app´s de IA. Por lo tanto, hablar de un libro publicado por primera vez hace 33 años parece anacrónico. En todo caso, no se trata tanto del tiempo como debe ser criticada una obra, sino precisamente por los temas que aborda y cómo encara los problemas que asume como objeto de sus explicaciones o interpretaciones.
Alrededor de 10 años antes de su muerte, Humberto Maturana, publicó un libro que aparentemente se desviaba del común denominador de sus creaciones o aportaciones científicas. En efecto, formado como biólogo, Maturana es reconocido por sus aportaciones teóricas a través del concepto de autopoiesis con el que abordó el problema de los sistemas capaces de autoreproducción. Asimismo, llamó la atención sobre la idea de la biología del amor en tanto que todo conocimiento no solamente es producto de una predisposición humana por saber, cuando que esta pulsión por el conocimiento está precedida por las emociones que lo motivan. Con otras palabras, conocemos porque antes hubo un estímulo afectivo que motivó nuestras conquistas por descifrar algún enigma, algo que nos inquieta o reta nuestros conocimientos.
Cuando hemos llegado al mes del amor y la amistad, casi todo lo que se invoca más que apelar a los sentimientos o afectos que todos tenemos y que debemos cultivar, se nos convoca a mostrar nuestro aprecio a través de la materialidad de las cosas que nos provee la mercadotecnia. Coincidentemente, la idea del amor ha sido reiterada por los gobiernos del “cambio verdadero” reduciendo los afectos a un intercambio mercantil que, subrepticiamente implica un intercambio de favores por sufragios. Y es ahí donde brota lo más perverso del régimen. No se trata de derechos, sino de dádivas de las cuales el pueblo bueno y sabio no tiene más remedio que estar agradecido. Estimular esos deseos básicos, frente al desdén de los gobiernos previos, debe reconocerse como una genialidad para sumar adeptos a una causa.
Amor y juego (1993), es el texto de Maturana y Gerda Verden-Zöller, en el que abordan estos temas que, simplificando los argumentos, podemos sintetizarlos en dos ideas enfrentadas: la cultura patriarcal y la cultura matrística.
La humanidad está inmersa en una trama compleja de conversaciones, no dicen. Para que estas broten y fluyan debe existir una suerte de estímulo emocional que nos coloque en una situación tal que nos permita no solamente comunicarnos sino, además, conocer, participar o no, en esa red de conversaciones que es nuestra cultura. La idea de cultura se entiende como una red cerrada de conversaciones y el cambio cultural como las transformaciones en los lenguajes que explican nuestras conversaciones. Como una suerte de filosofía del lenguaje, podemos coincidir que la cultura se expresa a través de símbolos y, por lo tanto, si pretendemos comprenderla debemos descifrar los contenidos de aquel universo simbólico que la materializa o la hace manifiesta. Hasta ahí vamos bien, pero el hecho de que sea un universo cerrado solamente tendría sentido para determinados grupos o individuos. Si unimos esto con la idea de “conversaciones cerradas” nos conduce a una suerte de absurdo, pues existirían tantas culturas como individuos existen y en tanto que pueden engendrar tantas conversaciones como les sea posible.
Esta visión es consistente con el planteamiento -digamos- organicista de sus autores, aunque destacando el papel de la comunicación en la conformación de la cultura. Lo que quiero decir es que, en efecto, la cultura es ese universo simbólico que resulta nuestra caja de herramientas a la cual echamos mano para situarnos en el mundo, lo que incluye establecer relaciones humanas. Por lo tanto, no es un todo cerrado sino, al contrario, un mundo abierto a sus criaturas, de modo que terminamos por ingresar y aun pertenecer a distintas redes de conversaciones que estimulan nuestra conciencia ser y el mundo que habitamos.
Establecen dos momentos históricos en la conformación de una cultura patriarcal moderna u occidental, digamos; antecedida de una cultura que ellos denominan matrística. Esta última basada en la recuperación de fuentes históricas que nos informan acerca de culturas antiguas, casi idílicas, en las que, frente a la cultura patriarcal cuyos valores se sustentaban en el control, el dominio, la jerarquía, la obediencia, la competencia, etc., su contrario (la cultura matrística) era un dechado de virtudes: no existía la competencia, la posesión, no existía una propiedad de la tierra, etc. Por momentos, este contraste resulta bipolar y hasta maniqueo.
“A partir de esta manera de vivir podemos inferir que la red de conversaciones que definía a la cultura matrística no puede haber consistido en conversaciones de guerra, lucha, negación mutua en la competencia, exclusión y apropiación, autoridad y obediencia, poder y control, bueno y malo, tolerancia e intolerancia, y justificación racional de la agresión y el abuso. Al contrario, las conversaciones de dicha red tienen que haber sido conversaciones de participación, inclusión, colaboración, comprensión, acuerdo, respeto y coinspiración”.
No está mal que, buscando ser didácticos, podamos explicar las condiciones que hacen posible una comunicación o conversación, como los autores prefieren, basada en la dignidad que otra impuesta con base en la intolerancia y la descalificación. Pero en la realidad nuestras conversaciones están, por paradójico que parezca, atravesadas por una mezcla de sentimientos adversos, oprobiosos, indignos, como también por los afectos más nobles que la humanidad haya podido alcanzar hasta la fecha. No obstante que el mundo parece estar plagado de sentimientos de odio más que de amor, como sería deseable en los términos de Maturana y Verden-Zöller, de las cenizas del agravio suelen resurgir las pasiones colectivas del afecto como cauterización del quebranto moral provocado. |