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Martes 03 de marzo de 2026
Frases de ocasión para una pintoresca nación

Actualizado: 2026-02-23

Frases de ocasión para una pintoresca nación


 


Por: Efraín  Quiñonez León


lunes, 23 de febrero de 26


 


Tiro Libre


“El poder tiende a corromper,


el poder absoluto corrompe absolutamente.


Los grandes hombres casi siempre son malos hombres”.


Lord Acton (1834-1902).


 


Por más que uno intente ponerse serio y tratar los temas de la agenda -digamos- pública en el país, la reserva inagotable de la picaresca política mexicana nos regala piezas que son dignas de encomio. Dejo aquí un catálogo inicial no exhaustivo de lo que en los últimos días ha sido particularmente revelador y hasta insultante de la inteligencia, pero estamos tan embelesados (¿o envenenados?) que los exabruptos ya no nos causan extrañeza o inquietud y hasta una airada molestia frente a comportamiento o frases cargadas de cinismo. Casi se podría decir que estamos vacunados porque nada de lo que pasa parece sorprendernos.


Aún no ha llegado a mis manos el libro de Julio Scherer Ibarra, la estrella del momento en eso de producir escándalos y pretender salir impune, pero he leído y escuchado cuanta entrevista puedo capturar dentro del espectro mediático en el que transito todos los días. Este rock star de la indiscreción por interés, se autoaplica la máxima jurídicamente sacra de la confesionalidad. Lo abogados, como el ínclito de marras, dirían que “a confesión de parte, relevo de pruebas” y con ello inmuniza no el que de cuentas de los hechos que afirma en el tribunal mediático y de las “benditas” redes sociales, sino que pavimenta el camino hacia la impunidad porque, por supuesto, no procederá a las denuncias correspondientes, como tampoco existirá quien lo lleve a los tribunales de la justicia para deslindar responsabilidades.


Un circunspecto y compungido Scherer lanza la frase demoledora para transitar por la historia de las frases inolvidables: “el poder nos cambió a todos”. Dicho de manera tan angelical, lo que uno al menos puede es interrogarse de la siguiente manera: pero a este señor ¿qué le pasa? Con todas las fechorías que relata y en las cuales se vio involucrado ¿pretende que ahora creamos lo que dice? ¿Cuánta verdad o falsedad existe en esas páginas? Uno de los involucrados, que según me entero, ya está haciendo maletas del gobierno de la presidenta, Sheinbaum, califica la publicación como un “libelo”. Pero la revelación lo confirma como uno de los interlocutores más cercanos del anterior presidente y los hipotéticos vínculos que tuvieron, tienen o han tenido varios personajes relevantes del morenismo con redes criminales bien conocidas.


Semejantes acusaciones al menos deberían llevar al partido a iniciar alguna investigación por su cuenta, aclarar los hechos y proceder conforme a sus propias reglas para moderar las conductas de sus integrantes. Pero en un país donde las organizaciones partidistas son más parecidas a una suerte de cofradías, resulta más fácil resolver un problema en física cuántica que pretender llevar a cabo una investigación  que sería incluso en beneficio de los propios imputados.


En esas estábanos, dirían en la Cuenca del Papaloapan, cuando un sonado berrinche de un funcionario de medio pelo se revela ante lo que considera una afrenta en contra de las sagradas escrituras hechas cual leyes divinas por quien, sin pudor alguno y desafiando cualquier tipo de megalomanía, se autoasigna la paternidad de una patria nueva. El ahora exfuncionario acusa desviaciones al oráculo sobre el cual se monta el ideario del cambio auténtico y convierte la oficina que tenía a préstamo en un búnker de la resistencia “de la nueva escuela mexicana”. Y reta a cualquiera que se le ponga enfrente, como a los muy correctos y humildes gendarmes de la propia institución en la que presta sus servicios: “van a arrestar al autor de los mejores libros de texto de la historia de este país” (bueno, la verdad es que no lo dijo exactamente así, pero no tengo duda alguna que aquel personaje tuviera los arrestos necesarios como para espetar semejantes conceptos cargados de soberbia). “Vamos a hacer el teatro completo”, vuelve a la carga el distinguido funcionario que puso en un predicamento hasta a la principal autoridad del país. “Vamos oficial, póngame las esposas y lleve a la justicia quien se ha atrevido a desafiar a aquellos neoliberales que pretenden privatizar la educación de nueva cuenta”.


La Demoledora ha notado la intranquilidad que me aqueja cuando situaciones de este tipo desafían mi paciencia y llevan al límite la irritación que me causa el fanatismo, así como la superioridad moral con que suelen presentarse algunos funcionarios al servicio del Estado. Como ella nunca deja de practicar su magisterio y aunque sabe que tampoco es infalible, no escatima ninguna oportunidad para obsequiarme -tomo a préstamo la terminología virreinal de la abogacía- la frase que describe los contenidos profundos de su didáctica: “debes aprender a discutir como una dama”. Sin embargo, también la pongo contra las cuerdas y le reviro: “tú no aguantarías ni 5 minutos a un tipo como aquel que se cree el Alfonso Reyes de los libros de texto gratuitos”.


Más allá de estos momentos -digamos- climáticos de nuestras conversaciones, vuelvo a la carga en un tono conciliador. La verdad, le digo, supongo coincidirás conmigo que si calienta que un tipo como ese todavía la presidenta incluso tenga que defenderlo. Eso no puede ser, vuelvo a desesperarme. Y remato: coño!! (Demo dixit) Se trata de la presidenta de todos los mexicanos y yo sí me siento ofendido por semejante ejemplar  de la muy silvestre y faunística horda de pelafustanes en el gobierno. ¿Cómo se atreve a desafiar a su propia jefa y que, pese a quien le pese, se trata ni más ni menos de quien nos representa a todos? En otras épocas (y no quiero extenderme demasiado en anécdotas ilustrativas, pero según la leyenda muy poblana nos cuenta que don, Maximino Ávila Camacho, solía reprender a sus subordinados con una tanda de fuetazos a quien se le ponía muy salsa. Por supuesto, no estoy de acuerdo con semejantes correctivos y didáctica del comportamiento apropiado frente a la autoridad, pero resulta perturbador que un subalterno en la escala de mando del gobierno pueda adquirir cierto protagonismo y dar rienda suelta a su egocentrismo infantil) no solamente el desacato le hubiese costado el puesto, sino hasta pisar la cárcel por obstruir y hasta secuestrar oficinas públicas.


La verdad, mucho me temo que la presidenta está rodeada de intrigosos y soberbios inútiles. ¿Cómo es posible que el Secretario de Educación no pueda resolver un problema con uno de sus subordinados y de manera indolente dejar que sea la intervención de la presidenta la que finalmente solucione un conflicto por una decisión que tomó, no solamente por la facultades que tiene para tales propósitos sino porque, además, ella misma nos informa que el funcionario se negó a incorporar a más mujeres en los libros de texto en abierto desacato a su autoridad y conocimientos? ¿Qué tipo de gente puede ser una persona que utiliza como trinchera una oficina para poner a buen resguardo sus muy señeras vanidades?


Un conductor de televisión coincide involuntariamente con mis aflicciones sin saberlo. En un programa de opinión, Leo Zuckermann, se siente tan acongojado como el escribano que ahora vomita su amargura por el maltrato ajeno y en un tono angelical nos regala el doctoral y muy neoliberal término con que expresa su desacuerdo por el affaire Arriaga: “la verdad, se siente gacho”. Si esos sentimientos pueden tener en mente aquellas personas que con simpatía le ponen algo de hilaridad a nuestros infortunios, al menos no estamos tan solos compartiendo la incomodidad de una penosa escena inmerecida, ni siquiera para el principal protagonista de este teatro del absurdo.


Cierro con este pequeño muestrario de los excesos aludiendo a las muy típicas expresiones de algunos integrantes de nuestras gloriosas instituciones académicas, sobre todo de aquellas que hacen gala de su muy pintoresco chilanguísmo. En uno de esos programas de opinión de la principal televisora del país, se dieron cita un cuarteto de académicos convocados por, Leo Zuckermann,  con el fin de analizar el último libro del Dr. Carlos Pérez Ricart. Todo iba bien, se hablaba de los problemas de las drogas, la inseguridad, las consecuencias que eso tiene para México, los conflictos en la frontera norte del país y, particularmente, el punto central del libro está dirigido a destacar (según su autor y los comentaristas) el tráfico de armas que vienen de Estados Unidos, donde puede traficarse con esos instrumentos de la muerte como si fuesen golosinas, sin la menor regulación. Visiblemente excitado por compartir con los televidentes sus hallazgos, el Dr. Pérez Ricart, se avienta la muy arrogante y típicamente académica frase siguiente: “digo, para que el público lo entienda”. Lo que está implícito en su argumento es que quienes pierden el tiempo escuchando sus ilustradas disertaciones, es que son incapaces de comprender sus argumentos y no solamente no se da cuenta que precisamente podría ser él quien se encuentra limitado en sus capacidades para explicarse, si no es capaz de decir sus sesudas teorías de manera diáfana. Quien habla tiene la responsabilidad de la claridad a fin de que se comprenda lo que pretende decirnos, no es tratando de descerebrados a sus interlocutores la forma más adecuada del entendimiento. Pero el mundillo académico, por desgracia, está plagado de egocentrismo, vanidad y una altivez sin límites que merece ser criticado porque hasta la inteligencia ofende. Por fortuna existen casos excepcionales que confirman la regla de nuestros inopinados despropósitos muy universitarios.


Cuando mis ánimos estaban a punto de claudicar, el pasado martes muy temprano, la periodista, Carmen Aristegui, difunde un audio en el que existe un diálogo entre varias personas, todas ellas militares de alto rango de la Marina Armada de México, incluido el ex-secretario. En resumen, lo que el hoy occiso (contralmirante, Fernando Rubén Guerrero Alcántar) informa a su autoridad inmediata sobre el método y los funcionarios involucradas en una red criminal que opera el contrabando de combustible, mejor conocido como huachicol fiscal. De acuerdo con estimaciones que han circulado por algunos medios, si bien es muy difícil valorar los montos exactos del quebranto a la finanzas públicas del país, se calcula que la  ilegal apropiación privada de esos recursos ronda los 200 mil millones de pesos. Los principales cabecillas son parientes políticos del anterior secretario de la Marina. Hasta ahora, el saldo de este escandaloso hecho es el siguiente: uno de los implicados detenido en la cárcel de máxima seguridad del Altiplano; el otro se dio a la fuga y un contralmirante ejecutado. Todo esto está mal, desde luego; como también lo estuvo la corrupción en el sexenio de Pena Nieto, Calderón, Fox y todos los expresidentes que se quieran sumar a esta lista. Pero esto resulta inquietante por varias razones. En primer lugar, fue todo un escándalo la Estafa Maestra que mantuvo en la cárcel a, Rosario Robles, prácticamente todo el sexenio de AMLO, pero lo que se le achacaba es apenas 2.5% de lo que significa el huachicol fiscal. Los fraudes ocurridos en SEGALMEX durante el pasado gobierno significaron 3 veces más que la Estafa Maestra y es menos del 10% del huachicol fiscal. En segundo lugar, los recursos fugados hoy en día siguen siendo indispensables para mejorar los sistemas de salud o la educación. Hoy todavía es el día en que no está resuelto el problema de las medicinas en los hospitales y el sistema educativo sufre los impactos de la precariedad presupuestal a partir de medidas neoliberales de austeridad. Tercero, no hay manera de justificar este atraco a la nación del contrabando de combustible y resulta brutalmente revelador del carácter regresivo que tuvimos en el sexenio anterior porque no solamente no se combatió la corrupción, sino que fue solamente una ilusión la oferta con la cual llegaron quienes se han beneficiado ahora de ella. Son terriblemente perturbadores los comentarios del ex-secretario de Marina cuando el contralmirante, Guerrero Alcántar, le comunica el modus operandi de sus subordinados, incluidos sus parientes políticos: “O destapamos todo esto y me vale madre quién caiga, porque yo no estoy metido en eso; o tratamos de cerrarlo aquí nosotros con el cambio de toda esta bola de cabrones, mandarlos a otros lugares”. ¿En manos de quién están las instituciones? La Marina era una de las instituciones con más prestigio en el país, cosa que ya es mucho decir, pero bastó solamente un sexenio para echarla a perder ¿Qué extraño que no se le ocurra otra cosa al ex-secretario de Marina, por ejemplo, denunciar los hechos, proceder conforme a las reglas que incluso la propia institución que representa las tiene para procesar los hechos delictivos denunciados? Con todo, se dice que, antes de que se fuera el ex-fiscal, Gertz Manero, recibió una denuncia al respecto. ¿Qué fue lo que ocurrió? Apenas estamos empezando a conocer algo de esta película de terror.

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